Lady Madrid y el tranvía de Santa Engracia

“Ahí viene mi tormento. Mírala. Tengo once más, pero ella es la luz”.

“¿No te dije que te quedaras aquí? Que no te movieras, te dije, que viene el tranvía de Santa Engracia y se lleva a los niños que se bajan de la acera”. Así le dijo Francisco a la pequeña morenita de pelo corto y mirada verde. “Bueno, pues si se los llevan viajo gratis”, dijo ella, con cuatro años y medio, que casi eran seis de lo espabilada que estaba. “No, tormento mío. Se los lleva de golpe, que ni te enteras. Así ¡Zas! Y cierras los ojos y estás con Dios, si has sido buena, y si no… ya sabes lo que pasa”. Y entonces la pequeña traga saliva y se le queda una cara de pasmo terrible. Por esta vez, piensa ella, gana papá. Sonríe y como si nada. “Pero no se lo digas a mamá”, sonríe ella y él se vuelve a enamorar de su niña valiente y contestona. En el fondo le gusta así. Le recuerda a él.

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Tranvia sube por la calle Santa Engracia de Madrid (fuente: Historias Matritenses)

 

Lo cierto es que a Francisco no le dio tiempo a mucho más, y es una pena. Era militar y se lo dejó para no poner en peligro su vida, de la que dependían doce hijos, ni más ni menos. Pero fue retirarse y encontrarlo la muerte en las obras de la linea uno del metro de Madrid. Allí abajo, a la altura de Cuatro Caminos, se fueron a encontrar la muerte y Francisco cara a cara. Qué pena. La tierra no aguantó el peso y se derrumbó sobre él y algunos trabajadores más. “Lo sacaron, pero tardaron dos días. Hoy no hubiesen tardado tanto”, dice “el tormento” millones de años después. Qué pena. Recuerda que esperaron mucho tiempo, pero sobre todo sabe que si la tierra hubiese aguantado, otro gallo le hubiese cantado y la historia se hubiese escrito de otra forma.

Y es que el recuerdo es así. De repente un día cierras la puerta del pasado y te crees que se te ha olvidado todo y, de repente otro día, cuando eres muy mayor empiezas a acordarte de tu madre y de tu padre, de tu calle y de sus palabras a la orilla de la acera. Y te acuerdas tan requetebién que eres capaz de reproducir sus frases, las mismas que creías haber olvidado. “¿Quién se dejó la puerta del recuerdo abierta?”. “Nadie Margarita, se ha abierto sola así, sin más”, le decimos nosotras.

El otro día me habló de él, de Francisco. Me dijo que era guapísimo, como ella, y que le daba mucha pena no haber podido atormentarlo más. Y me cuenta cómo lo echaba y lo echa de menos. Y ahora, más que nunca, se acuerda de que se la llevaron de Madrid por la guerra y se pregunta por qué no pudo quedarse allí con él y con Joaquina, su madre. “He sido feliz, pero a veces quería ir con ellos y otras veces me preguntaba por qué me tuve que ir yo, si éramos doce en total”. Se lo pregunta. Lo piensa un rato y, después, se enfrasca en otro asunto más actual y sonríe de nuevo. Ella es así.

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Unas niñas sentadas en el bordillo de la Calle Santa Engracia (Fuente: Historias Matritenses)

 

El otro día pasé por la calle del tranvía. Me dice Margarita, mi abuela, que no me fíe de los números de la calle, que han cambiado, pero yo me quiero imaginar que es allí. Y si me esfuerzo un poco puedo ver venir andando por la calle a un señor muy guapo, moreno, con bigote y muy bien peinado. Lleva traje y corbata, porque antes era así hasta de diario. Viene caminando y con media sonrisa. La acaba de ver y le está adivinando las intenciones. Está a punto de bajar la acera. Ya casi tiene la punta del pie en el suelo. Y él mueve la cabeza de un lado a otro y dice “Mírala, ahí viene mi tormento, a punto está de bajarse de la acera”. Ella gira la cara hacia él. La acaban de pillar y también pone media sonrisa. Otra vez iba a bajar la acera cuando el tranvía de Santa Engracia está a puntito de pasar. Nunca estuve allí, pero he visto un par de fotos y sólo me puedo imaginar la escena en blanco y negro. Ni aunque quisiera podría darle mil colores a un recuerdo que siempre he visto en dos, pero hoy pagaría por presenciar aquel momento desde una esquinita de la calle. “¿De qué color era tu abrigo?”, le pregunto a ella y me dice que no se acuerda. Qué pena. Y qué rabia no poder vivirlo yo.

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El tranvía sale de Alonso Martínez y enfila la calle Santa Engracia (Fuente: Historias Matritenses)

 

Él, mi bisabuelo; Ella, mi abuela. Lady Madrid, como le puso mi hermano pequeño. Dice un señor que nos encontramos a menudo por la calle, que era tan guapa que los hombres, al pasar por su lado, se giraban para mirarla dos veces. Me encanta recomponer sus historias cortitas y darles vida. Quiero sentarme con ella y que me cuente más. Tengo la sensación de que son tesoros que un día olvidaré para luego recordarlos más adelante, pero si la escucho bien y las escribo las tendré todas guardadas para siempre. Además, en el fondo, le encanta que os las cuente.

Sed felices 🙂

Comments (6)
  1. Irene dice:

    No dejes de hacerlo Ali… Ojalá lo hubiera podido hacer yo…
    Mil besos a ti y al tormento!

    1. Una Caja de Botones dice:

      Muchas gracias Irene! Es una responsabilidad contarlo, pero es una maravilla escucharla recordarlo tan bien. Lo compartiré por aquí, porque merece la pena 😉

  2. Margarita Iñigo dice:

    Querida ALICIA, me ha hecho tanta ilusión leer un “pedacito” de mi vida y revivir las imágenes tan cotidianas de mi “Cuatro Caminos”, que me he vuelto a emocionar solo con recordarlo.
    Tengo miles de anécdotas que contarte, tanto pasadas como presentes. Tú conoces un montoncito, pero prepárate porque esto no ha hecho más que empezar.
    Te quiero.
    Ita

    1. Una Caja de Botones dice:

      Querida nueva blogger (y mi abuelita “Ita”) qué privilegio contar contigo. En realidad sólo he escrito lo que tantas veces me has contado. A partir de ahora, mucha más gente podrá leerlas tal y como tú las recuerdas. Yo también te quiero <3

    1. Una Caja de Botones dice:

      Gracias querido! 🙂

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