El día que conocí a Sorolla

El día que conocí a Sorolla

El día que conocí a Sorolla, yo tenía seis años y él hacía sesenta y tres que ya no habitaba en este mundo. Yo no sabía quién era él y él jamás sabrá quién soy yo, pero sin quererlo una fina línea nos iba a unir para siempre.

Era una casa preciosa ¿sabes? Tenía mucha luz, los techos altísimos y unos muebles preciosos“. Mientras me lo cuenta, eleva su mirada al cielo y sé que hace un ratito que está, de nuevo, moviéndose por los pasillos de aquella casa maravillosa. “Yo tenía catorce años y la guerra estaba a punto de empezar, aunque esto último no lo sabía todavía”.

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Casa Museo Sorolla en Madrid

 

Madrid, 1936. La señora le había pedido a Margarita que le llevara a su sobrina. “Trae a esa niña tan linda que viene a menudo. Tráela para que pueda verla otra vez. Es tan educada. Me gusta tenerla aquí”. Margarita era la mujer de compañía de la señora, Clotilde. Antes era así. Las mujeres salían a la calle acompañadas y pasaban las horas acompañadas también por alguien. Ese alguien, en esa casa, era Margarita. Y su sobrina, de catorce años, se llamaba así también. A ella le encantaba subir a aquella casa. Era tan grande y tan luminosa, con sus patios y sus estancias… Siempre que iba, la señora le dejaba que se probase sus pendientes. “Ponte estos de aquí. Te quedan estupendamente. Deja que mire la luz que tienen. Qué maravilla”.

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Clotilde de Sorolla

 

A Margarita, a la niña, le fascinaba aquel lugar. Tan señorial, tan grande, con tanta luz y tan distinto a la corrala donde vivía con su madre y sus hermanos cuando los visitaba en verano en Madrid. Era un lugar realmente de otra época. Amplio y grandioso a la vez. Así debía ser, porque hacía falta espacio para que las mujeres pasasen sus vestidos por los pasillos, pero sobre todo hacía falta espacio para albergar en varios de sus salones unos talleres que Margarita no había visto antes en ningún otro lugar.

No sabía mucho sobre el dueño de aquellas estancias. Pasaba por delante de sus puertas cuando entraba en la casa, pero generalmente no solía haber nadie dentro. Sólo marcos, lienzos y cuadros, especialmente uno muy grande y muy luminoso. Tenía una playa y unas señoras. Margarita todavía no había tenido oportunidad de conocer el mar, pero si era en realidad como en aquel cuadro ya sabía que le encantarían sus colores y su luz.

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Ahora la estancia es así en la Casa Museo Sorolla de Madrid, pero antes debió ser como la foto de abajo.

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Aquel día, sin embargo, era distinto a los demás. Cuando entró en la casa, la puerta se cerró a sus espaldas y, al pasar por uno de los talleres, vio una sombra reflejada en el suelo. La luz entraba por el techo, así que podía ver perfectamente a la sombra moverse con gestos cortos y ágiles, pero después se quedaba quieta en un punto, concentrada. Margarita asomó la nariz por la ranura y empujó la puerta levemente con su frente. Allí estaba él. El señor. Sólo pudo verlo de espaldas. No pudo mirarlo de frente, pero la imagen de su silueta quedaría grabada en ella para siempre. “Pintaba con unos colores preciosos. A su lado, ese cuadro con señoras en la playa (…) y esa luz que entraba directamente del cielo”. No hubo más, pero no hizo falta. Es la primera y la última vez que lo vio en persona. Después, lo reconoció en foto mil veces. Joaquín Sorolla.

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Joaquín Sorolla pintando en su casa de Madrid

Sorolla_pintando_Madrid

Lo cuenta con nostalgia. “A veces coincides con gente tan maravillosa en un momento y en un lugar tan concreto, que directamente te quedas sin palabras. Yo era muy de hablar y decir, pero en aquel instante sólo vi luz y un señor trabajando en algo precioso. Si hubiera sabido entonces todo lo que se ahora… quizá hubiese entrado y le hubiese preguntado. Hoy puedo decir que le vi y casi me parece increíble“.

Me dice Margarita que tiene más historias para mi, para nosotros, aunque dudo que alguna de ellas me sorprenda tanto como esta. Dejaré que me cuente y os lo contaré en breve 😉

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