Yo también soy una tocanarices

Sí, lo reconozco. Soy una tocanarices. Pero lo soy con argumentos, lo cual es bueno para mi salud y la de los que me rodean. ¿El único inconveniente? Que cuando eres una tía maja, que viste bien, eres educada y además súper curranta, a la gente no le viene bien que seas tocanarices, y te lo reprochan como un defecto: “Hija, con lo mona que eres y menudo carácter”. No, perdonen, no coincido. Debería ser una virtud. ¿O no es verdad que “el que no llora no mama”? Pues eso, váyanse agenciando una buena dosis de “narices” para enfrentar la vida, y más la del emprendedor, porque si no… dedíquense a otra cosa, queridos y queridas del alma.

Les contaré una serie de historias tocanarices que me han enseñado mucho en esta vida.

¿Y por qué tratamos hoy precisamente este tema? Me explico… hace poco tuve un encontronazo con un agente de la autoridad. Creo que no queda nadie en el mundo al que no le haya contado la historia, de vez en cuando la indignación nos hace “pegarle la chapa con el tema” a todos los que nos rodean, pero gracias a Dios seguís siendo mis amigos 🙂 . Prosigo… Me indigné. Me indigné mucho. Muchísimo. La historia completa la contaré otro día que esté más inspirada, porque os valoro y quiero conservar vuestra amistad, pero la conclusión es que le dije lo que pensaba. Así, sin más, y con educación, eso que nunca falte. Fíjense la mala leche que me entró que me salió un sarpullido a los dos días. Vari@s amig@s me recomendaron que, la próxima vez me calle y acate, pero no soy persona de callarme injusticias. Me llevé una multa de regalito, lo reconozco, pero la pagaré a gusto pensando que dije aquello de lo que estaba convencida.

CONCLUSIÓN 1: Ser tocanarices a veces conlleva amarguras monetarias. Ténganlo en cuenta.

Hace poco viví la segunda situación injusta en poco tiempo. Un supuesto plagio, y pongo lo de “supuesto” porque todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario, aunque yo se lo quitaría gustosa. El asunto me lo descubrió una amiga y directamente me hirvió la sangre. Podía haberme quedado al margen, pero no estaría siendo yo. Así que me comprometí a ayudar en todo lo que fuera necesario. Para empezar, una de las partes implicadas ya me ha eliminado de sus amistades en RRSS. Es lo que tiene…

CONCLUSIÓN 2: Ser tocanarices conlleva pérdidas productivas. Tranquil@, no hace falta ser amigo de todo el mundo. Como decimos en el Mediterráneo… “Cuanto menos bulto, más claridad”.

Ahora me remontaré a 2007 para contar una de las historias que más me gustan. Sitúense: Finlandia, tren desde Helsinki a Rovaniemi. Agosto. Calor a tope (a pesar de estar cerca del Círculo Polar Ártico). El aire acondicionado funcionaba en todo el tren, excepto en un vagón. Adivinen. El nuestro. Ley de Murphy. Los finlandeses no se caracterizan, precisamente, por saber inglés, así que allí me tienen a mí intentando explicarle al revisor que no había aire y que íbamos a morir asfixiados (les prometo que hacía muchísimo calor). No me entendían. Al final, a grito pelao’, y perdón por la expresión, y más gestos que un italiano en Japón, conseguí hacerme entender. Yo creo que era tal el escándalo que monté que, por no oirme, el revisor pensó “pónganlos en otro sitio porque a este paso la tiro por la ventanilla en la siguiente parada”. Finalmente, no sólo nosotros salimos de aquel vagón, sino que todos sus ocupantes desfilaron hacia otro en clase superior que estaba totalmente vacío y completamente acondicionado. Mientras hacían el trasvase me miraban con alegría y una sonrisa de oreja a oreja.

CONCLUSIÓN 3: Ser tocanarices conlleva hacerse oír. No pasa nada. Un@ no puede ser majo siempre, porque a veces lo toman por tonto. Y de tonto no tenemos un pelo.

Cuesta. Se lo digo desde el fondo del corazón. Ser bueno y decir las cosas con educación y contundencia cuesta, pero mucho ojo. No confundamos diplomacia con “tontuna”, ser bueno no es sinónimo de ser tonto, pero en nuestro país hay gente empeñada en relacionarlo. Pero no. No se engañen. Si algo he aprendido en mi todavía corta vida laboral es que se pueden decir las cosas bien dichas y con educación sin temor a ser criticado. Pero que si nos critican por decirlas tampoco pasa nada. Para quedarse más tranquilos pregúntense ¿quién nos critica? ¿nos importa de verdad? ¿Sí? ¿No? Obren en consecuencia, pero no se queden con las ganas de decir algo en lo que realmente creen, porque si no… les saldrá un sarpullido como el mío que, por cierto, aún me dura. Sean felices! (y un poco Tocanarices).

Les dejo unos cartelitos con frases muy a tener en cuenta en situación de alto riesgo (Fuente: Pinterest)

Ser bueno no es ser tontoSoy una tocanarices

 

 

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