La valiente y la vida

Fue valiente y le salió caro. Se arrepintió. Se dijo a sí misma que nunca más volvería a serlo, pero después se le olvidó y al tiempo cometió el acto de valentía más grande que había hecho en su vida…tuvo un hijo. Visto así diréis que no pasa nada. Ya. No pasa nada ahora, pero entonces sí que pasaba, y mucho.

Elena tenía veinte años y su mundo no era el nuestro. Tenía mucha miseria vivida a sus espaldas. Pero no era miseria de la que se ve, de la de ser pobre, sino de esa que se tiene en casa al cerrar la puerta y hacer cuentas día a día, mes a mes. No hablo de miseria de faltarte un abrigo o un techo, sino de esa que te hace ir a la tienda de la esquina con el dinero justo y sudando tinta para no pasarte del presupuesto. De esa que se disimula con una sonrisa preciosa y los labios pintados de rojo, porque en realidad se sufre en el alma y en el forro desgastado del abrigo. Precisamente por eso, para salir de esa miseria enredona y pegajosa, Elena decidió estudiar mucho. En su casa se decía que el que estudiaba no pasaba necesidad, así que ella eligió estudiar algo lleno de humanidad, y se matriculó en Enfermería. Elena no sería como las demás, y mucho menos como las demás de 1930. Sabéis de lo que os hablo ahora ¿verdad?

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Enfermeras de Madrid. Foto: Pinterest

Elena no tenía tiempo de un mano sobre mano. No podía esperar a que llegara el hombre que la mantuviese, aunque eso era lo que más se estilaba en la época. Nunca esperó nada, ni siquiera a que el padre del que sería su hijo se decidiese a dejar a su mujer para vivir con ella esa historia que nunca llegó a ocurrir ¡Qué pena! -pensaréis… Pero así fue como sucedió. No obstante, su idea no era tenerlo para atarle, ni mucho menos, nunca pensó en algo así. Ella quiso tener a aquel niño para ser más libre aún, como mujer, como persona, como madre. Decidió y ganó.

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Mujer caminando por la Gran Vía de Madrid. Foto: Pinterest

Pero dejadme que eche un poco la mirada atrás. Los padres de Elena dejaron una fría y dura Soria para sacar adelante a sus hijos en Madrid. Elena era la mayor de doce, así que fue plenamente consciente, desde el principio, de que había que ganarse los cuartos. Trabajaba y estudiaba a la vez. Ella no dependería de nadie, tampoco de ningún hombre que le hiciera sentir que cada peseta que gastaba se la debía a él. Ella tendría sus pesetas, su presente y su futuro.

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Gran Vía de Madrid, 1935. Foto: Pinterest

Cuando pudo solicitar su plaza, presentó la instancia para estudiar Enfermería en el Hospital San Carlos de Madrid. ¿Sabéis dónde se encuentra actualmente el Museo Reina Sofía? Allí estaba en aquel momento el hospital. Elena trabajaba y estudiaba para salir adelante y, cuando acabó la carrera, empezó a trabajar rápidamente en un hospital, el mismo donde le conoció a él, un cardiólogo muy reputado. Con él, y de forma totalmente consciente, tuvo a su pequeño. Él le prometía cosas que ella sabía que nunca cumpliría, pero Elena fue valiente y salió adelante.

 

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Hospital General San Carlos, Madrid. Foto: Google
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Quirófano Hospital San Carlos, Madrid. Foto: Pinterest

Ahora venía la peor parte, la de decirle a su madre que ella y su niño se quedarían allí, en su casa. Lo hizo, pero no le sentó nada bien, por las vecinas y por la boca de más que había que alimentar. Aún así, guardó su orgullo en un cajón, aguantó el sermón y su hijo y ella se instalaron con su madre y sus hermanos. Elena consiguió su objetivo: nunca dejó su trabajo. Y no… aquel médico apuesto y reputado tampoco dejó jamás a su mujer. Son esas cosas que tiene la vida.

Aquel niño creció feliz. No hubo un “a pesar de…”, porque nunca sintió que le faltase de nada. Elena luchó con uñas y dientes por él, y él salió fuerte y valiente para defenderse solo, llegado el momento.

Qué difícil caminar sola en aquella época, y qué difícil hacerlo acompañada por alguien tan pequeño, pero sobre todo hacerlo por decisión propia. Y cómo explicarlo a la gente. Imposible. Qué difícil todo, la verdad… y sin embargo, Elena echa la vista atrás y no se arrepiente, es más, se siente valiente. La valiente y la vida, pensé al escuchar la historia a través de la voz de mi abuela. No llegué a conocerla a ella, ¡qué pena!, se que nos hubiésemos caído muy bien. Pero sí conozco a aquel niño, valiente también, además de amable, educado, afable y muy apuesto. Aún guarda parte de lo que fue. Tenía a quién parecerse: dicen que su padre llamaba la atención, aunque a mi sólo me despertaba admiración su madre, tan fuerte, tan humana y tan valiente.

 

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